El abrazo parisino

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Para Melani De Toni
Modelo profesiónal, Lic. en educación

París es una ciudad que envuelve, nadie se da cuenta de ello y cuando menos lo piensan ya han sido cautivados por una fuerte dosis de cultura, belleza, luz y oscuridad, más aún para una pareja. Tomados de la mano se sumergieron en un recorrieron de museos, parques, plazas y luego coronaron con el embrujo de la vida nocturna que ofrece la llamada “ciudad de las luces”.  Eso, sí, estaban tan atraídos y conectados el uno con el otro, que a veces podían pasar frente a una obra de Da Vinci sin darse cuenta. La belleza de ella y de él era ampliada por la magia de París. Él no sabía si mirar sus senos o mirar una de las obras que colgaban de la pared del Museo de Louvre; ella no podía dejar de admirar las facciones del rostro de su compañero, tanto que ni la fachada de la Catedral de Notre Dame le generaba distracción.

Tomados de la mano estaban, pero luego sus corazones se unieron cuando caminaban arrullados por el Río Sena y por el bullicio de los músicos, pintores y poetas que trabajaban a sus orillas. Luego, sentados en un colorido café, ella lo acariciaba ligeramente con sus piernas, buscando un poco de calor y finalmente lo fulminaba con su mirada. Mientras, él pensaba en el sabor que tendrían los labios de ella combinados con los macaroons o con el café y el chocolate que tenían un aroma glorioso.

Ya no podían seguir resistiendo la atracción que generaba el uno con el otro, como un poderoso imán, así que llegó la hora de volver a la habitación, que tenía una decoración con aire a los años 1950, pero al mismo tiempo con toques de modernidad. Era un recinto perfecto para un concierto de amor, abrieron la puerta de la terraza y salieron juntos, ni el gélido aire nocturno les pudo borrar la impresión del rostro tras contemplar la espléndida  vista nocturna de la ciudad iluminada. El escenario perfecto para amarse, tanto que entraron pero dejaron la puerta abierta… querían que París fuera testigo de su entrega, querían un abrazo parisino.

Se amaron con la sincronía perfecta de la pasión correspondida. Ni el aire frío del otoño podía enfriar el calor que producían sus dos cuerpos fusionados. Amaneció y no se dieron cuenta, yacían y se miraban, se perdían en los ojos del uno y del otro. El tiempo los aplastó y ya era media mañana. Ella sintió calor y caminando como un hada en punta de pies, salió a la terraza buscando el sol pero coqueteando con el frío… cerró los ojos sintiendo el abrazo magnifico del ambiente parisino, mientras él, aún tendido en la cama la observaba y veía como su belleza rivalizaba con el paisaje citadino, tanto que luego de un rato le empezó a parecer que ella era una de tanas gloriosas esculturas de la ciudad de las luces.

Por: Roberto C. Palmitesta R.
proberto@crestametalica.com
@RPalmitesta @EscenarockFM