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Rafael Martínez – La 4ta pared

La idea de la 4ta pared es un principio compartido entre casi todas las artes. En el teatro y en el cine se les conoce como la línea divisoria que separa al público de la escena que esté sucediendo. En principio, es imprescindible mantener distancia, pues la única manera de recrear una fantasía y poder abstraer al público en ella, es separándolo por un momento del protagonismo de su vida.

¡Esto suena bastante dramático! ¿Verdad?


¿Cómo le entregamos el control de nuestra vida a un ente etéreo? ¿Cómo ponemos en pausa nuestra voluntad, de manera voluntaria? ¿Cómo nos conectamos con un personaje de ficción que es ajeno a nosotros?

Es paradójica la idea de una 4ta pared que te separe del público, cuando estás buscando conectarte con él. ¿Entonces cómo se come eso?

Cuando rememoramos nuestros paseos al cine, de aquella época en que éramos niños, es grato sentir la nostalgia que nos trae el olor de las cotufas, quizás la compañía de nuestros amiguitos o familiares, pero la imagen más poderosa, es que salíamos de la sala sintiéndonos poderosos. Fuimos los protagonistas de la película, así haya sido una animación, y sentíamos la gloria de la victoria por haber derrotado al malo, por haber salvado el día y la satisfacción de que lo logramos sin haber movido un dedo, más que para atiborrarnos de chucherías.

Debo confesar que aún me siento así cada vez que voy al cine, sin embargo, la emoción ya no es tan intensa, especialmente porque al salir, la aventura de volver a casa se hace real, con todos los peligros que ella implica, especialmente si la función termina tarde en la noche.

¿Qué sucede ahí?


Mi hipótesis es que la 4ta pared nunca dejó de existir (incluso si los actores deliberadamente la rompen). Yo creo que la obra en cuestión, bien sea una muestra cinematográfica o teatral, hace las veces de Virgilio, guiándonos por los oscuros senderos de nosotros mismos. En ese sentido, no nos conectamos realmente con el personaje, nos reflejamos en él para caminar hacia dentro de nosotros; los héroes nos inspiran y nos dan su fuerza para enfrentar los demonios que encontramos en el camino, los villanos y los cobardes nos causan repulsión porque son una muestra de eso que nos desagrada y que hemos tratado de encerrar en el calabozo de los vicios. (Al menos, si voluntariamente hemos decidido ser personas virtuosas. Desconozco lo que pudiera sentir un narcotraficante o un malandro cuando ven a un montón de nazis dándole una paliza a un pobre pianista o a los drugos tolchoqueando a un vagabundo por diversión. Harina para otro post.)

En otras artes como la música, la 4ta pared se usa para que el público no moleste al ejecutante, porque ahí los sonidos te hablan de frente y sin intermediarios. Al escuchar una melodía agradable, le estás dando acceso a tu psique a un invasor que llega a moverte los muebles imaginarios en la sala de tu cabeza y a destender la cama en la habitación de tu corazón. Cuando escuchamos algo más primitivo, normalmente lo único que se mueve es el trasero y el pie. Ahí no hay conexión profunda, más bien hay una posesión al puro estilo de Maria Lionza, metiéndosele a la bruja en su rancho de Casalta II. La gente que va a perrear sólo dejan que se mueva la pelvis y están pendientes de que no se les bote el trago en el piso.

Un caso interesante es el de los salseros, pues es una especie de forma híbrida en la cual existe una picazón por moverte, pero también es posible que haya una conexión en otro nivel con la música, y que efectivamente pueda transmitirte un mensaje. En el rock pasa lo mismo, pero de un modo más agresivo. Vemos a la gente levantando el puño y batiendo la cabeza, los vemos chocándose en una olla como el maíz explotando cuando está caliente, o simplemente también los vemos bailar, aunque a estas alturas del yuga, eso es muy poco frecuente.

En la música académica (Por no decir simplemente clásica, ya que el jazz y otros géneros también se enseñan en academias) existe un regocijo espiritual, una euforia que eriza la piel o que conmueve al punto de querer llorar, pero a pesar de que el cuerpo no se va a lanzar a “romper la pista” escuchando el Concierto para violín y orquesta de Mendelsshon en mi menor, Op. 64 ni mucho menos van a armar un pogo (por más cabilla que le estén dando a ese arco), siempre hay un ligero bamboleo del cuerpo que nos recuerda que somos seres duales. Por más cultos o elevados que creamos ser, aún somos seres tan humanos como el bachatero más acérrimo de La Bombilla.

Mil dispensas, estimado lector, por desviarme un poco del tema. Me permito romper la 4ta pared literaria en la cual, usted es llevado por mis palabras como un pasajero viajando conmigo en el jeep (Porque me gustan los jeeps, pues, (Ya va, una cuarta pared dentro de otra (¡Que locoooooo!) al estilo Deadpool) y no permito que fantaseen con ningún Malibú destartalado) de mis pensamientos.

Eso fue un poco agotador, ¿Verdad?


Pero en la literatura, desde las grandes obras inmortales, hasta este humilde escrito de su servidor, también la vemos presente. A diferencia de los casos anteriores, aquellos que han sido educados como yo, en el hábito de rayar los libros a fin de conversar con el autor, tenemos la oportunidad de ser quienes rompan la 4ta pared. No así en un concierto (Aun cuando cantamos con el artista, es él quien decide darnos parte en su show), tampoco en una obra en la que el público no tenga interacción, ¡Ni mucho menos en el cine! Por más duro que le griten a la mujer en pantaletas, ella igual se va a meter en la cabaña oscura llena de cuchillos oxidados.

Aplica también para aquellos cinéfilos extra entusiastas que quieran aplaudir al final de la película. Eso sólo funciona en los estrenos de Hollywood donde los realizadores están dentro de la sala, en el Cines Unidos del Sambil sólo van a quedar como unos locos ordinarios.

Quizás la 4ta pared más difícil de romper, es la que está en la pintura y las artes gráficas. Podemos tocarlas, profanarlas, destruirlas, o todas las anteriores juntas, pero por más que lo intentemos, no hay modo en que podamos influir en lo que sucede dentro de ellas.

Ni siquiera un restaurador es capaz de hacerlo. Él retorna a su interpretación del sueño del artista para recrear partes faltantes, pero nunca influye directamente en la obra, al menos, sin arruinarla. Me he dado cuenta que los restauradores de arte son como los conserjes más meticulosos del mundo. Su trabajo, en gran parte, consiste en limpiar, acomodar, reconstruir y preservar.

Ya sé lo que están pensando, ustedes, críticos al acecho, “en la literatura tampoco vas a influir en la obra por rayar el libro y decirle a Hegel que no lo entiendes, o a Vallejos que es un intenso”.


La imagen que nos hacemos al leer es algo tan propio que tenemos la libertad de hacer lo que queramos, mientras sigamos los parámetros que nos establece el autor.

¿Quieren imaginar al Capitán Nemo manejando el Nautilus en cholas?

¡¿Por qué no?! ¿Acaso el autor describe la vestimenta del personaje con tal precisión?

¿Quieren pensar que ustedes mismos SON el personaje principal del libro? Yo creo que esa es la idea, en principio, de la gran mayoría del arte escrito.

Me gustaría pensar que Sherlock Holmes agarra el violín como yo. Ahí dice que lo toca, pero yo soy libre de meterme en la obra y hacer el vibrato como me dé la gana.

Esto no sucede con el arte visual. Quizás puedan, por un momento, sentir el impacto de verse enfermo de la peste en un cuadro de Cristobal Rojas, o imaginarse saliendo de una concha de mar al estilo renacentista, pero es un posicionamiento propio dentro del pensamiento inmóvil del artista.

En otras palabras, en el arte visual, la 4ta pared se rompe y ustedes están sentados en un carro estacionado; en el arte literario, el carro se mueve, los lleva sin que puedan controlarlo, pero ustedes pueden sentarse donde quieran e interactuar con los personajes del modo en que deseen, porque en el fondo, la naturaleza de un libro es algo dinámico. También refleja dentro de nosotros al igual que lo hace el teatro, pues a medida que maduramos, leemos las palabras de una forma distinta.

¡Tenemos, prácticamente, un libro nuevo cada vez que lo leemos e interactuamos con él! A pesar de esto, si el personaje en algún punto les responde y ven que el libro cambia de manera literal, les sugiero visitar con prontitud a un psiquiatra.

Quizás los cuadros son, en ese sentido, más bien similares a la música en cuanto que dejamos que nos influya según sea la intención del autor, y nos deleitamos con el resultado de lo que nosotros mismos podamos sentir respecto a eso, sin embargo, momentáneo y, por tanto, más difícil de apreciar. (Especialmente cuando es arte abstracto, no creo que sea sencillo para nadie el ver una obra de Picasso e imaginarse a sí mismo como un cubo, con sólo medio ojo, flotando, sobre una flor, que a su vez es otro cubo, y así…)

El asunto con la 4ta pared se puede resumir de manera sencilla, si puedes romperla exitosa y armoniosamente, entonces efectivamente “Eres arte”, te conectas y te conviertes en la obra. Si no, sólo estás fastidiando al artista.

Fue interesante para mi esta experiencia de retornar a la escritura, espero que hayan disfrutado leer estas palabras tanto como yo disfruté escribirlas. ¡Hasta la próxima!

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