Venezuela y la señora de servicio que vino a quedarse

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Si Venezuela fuese una casa sería una de esas con el jardín lleno de basura, con las luces de navidad prendidas desde diciembre, un montón de carajitos desatados corriendo de un lado a otro jugando a “la ere” con palos y piedras y mierda de perro, rompiéndose los huesos para ver quién es el malo de turno; una casa donde el familiar borracho despotrica desde el balcón del cuarto principal entre restos de comida y papeles de chucherías, en contra del mundo que no lo dejó ser quien nació para ser.

Esto no hay quien lo aguante… Las paredes se están cayendo, hay huecos en el techo, los cimientos se están hundiendo, hay que limpiarlo todo, darle un baño de ácido, o mejor, prenderle candela y hacer una casa nueva”; algunas voces se escuchan hablando de esa manera o muy similar, mientras que el loco del cuarto de arriba se junta con los “amiguetes” que lo vienen a visitar, y él les muestra los desastres en casa como prueba infalible de que las venas de América Latina siguen abiertas por la conspiración internacional y el imperio, las presenta como medallas para estar orgulloso, como muestra de resistencia y libertad.

Mientras eso ocurre, mientras los hijos y sobrinos del delirante del piso de arriba someten a los niños de casa, los golpean y encierran en closets atestados de esqueletos, y los limpian por fuera metiéndolos en la lavadora o por dentro con la manguera de jardín, en otros cuartos, en esquinas de pasillos fuera de la vista, se añora con una solución rápida, una mano firme que ponga coto al desastre y saque al loco de arriba y lo mande a rehabilitación, alguien que sepa qué hacer y lo haga rápido.

Se comienza a correr la voz de que existe una opción cercana y posible: algunos comentan de casas cercanas que habían tenido problemas similares y los habían solucionado rápido, y ahora, esas casas están pintaditas, todos los niñitos están gorditos por las chucherías que les dan todos los días, ¡hasta aprendieron otro idioma! La voz continúa corriendo y alguien dice tener el teléfono de la señora que limpió esas casas, así que en una de esas oportunidades que se dan cuando los grandes duermen satisfechos del sonido de sus propias voces y borrachos de su propia soberbia, alguien tomó prestado el teléfono de casa e hizo la llamada.

La señora, muy expedita y trabajadora, llegó antes de que saliera el sol para “comenzar temprano y salir temprano”, dijo. Con sonrisas -y en silencio- le abrieron la puerta del garaje para que usara todas las herramientas y utensilios de limpieza que había y la dejaron trabajar, ayudando en lo que podían o en lo que la señora les dejara ayudar pues, como les dijo, eran muy pequeños y débiles y no sabían cómo hacer las cosas, pero los dejaba secar los platos cuando estaban limpios o recoger los pedazos de los que estaban rotos.

El de arriba y sus amiguetes nunca despertaban antes del mediodía así que para cuando salieron del cuarto no entendían lo que estaba pasando, y cuando trataron de bajar para pegar cuatro gritos, y darle unos correazos a esos carajitos del demonio que dejaron entrar a esa extraña en casa, se tropezaron en las escaleras con los juguetes dejados por los niños, a petición de la señora de servicio, y se rompieron el cuello.

Gritos de alegría, rumba y música alta se comenzó a oír saliendo de las ventanas. Cada cuarto tenía una fiesta diferente, y las despensas y gabinetes se comenzaron a vaciar de la comida y la bebida que el inquilino anterior -y sus amiguetes- habían estado acaparando. Todos festejaron hasta caer exhaustos de felicidad y satisfacción, sin pensar en la resaca del día siguiente.

La señora de servicio despertó a los niños enratonados con comida abundante y azucarada, y un par de antiácidos para cada uno. Todos soñolientos y agradecidos comieron y bebieron y así satisfechos, aceptaron tranquilamente lo que la señora les tenía que decir.

En realidad todo tenía mucho sentido, la señora se había explicado muy bien. Ella había llegado nada más que para hacer una limpieza profunda, quizá hasta arreglar algún que otro enchufe de luz (muy diestra la señora), pero cuando vio el desastre y el abuso en el que sobrevivían los niños, estuvo obligada a llamar a las autoridades, a la policía local, a los servicios de protección al menor.

Todos estuvieron de acuerdo con que los niños no estaban listos para manejarse solos, así que decidieron en asignarles un tutor legal para que los cuidara y guiara hasta que tuvieran mayoría de edad y pudieran encargarse de sí mismos. Claro estaba, que si no daban señales de crecimiento mental seguirían bajo tutela hasta que realmente lo demostraran; mientras ese momento llegaba, alguien capacitado estaría al cuidado de las joyas de la abuela y de pagar las cuentas, los niños sólo tenían que ser niños sanos y crecer y jugar hasta ser grandes. Ya les dirían cuándo sería el momento, mientras: “a jugar carritos y a dormir la siesta.”

¿Eso es Venezuela? ¿Eso somos los venezolanos? ¿Tenemos tan poca memoria histórica?

Pues así es como nos ven, así creen que somos, y así lo estamos creyendo.

La desesperación es mala consejera, y las tentadoras soluciones a corto plazo tienen patas tan cortas como las de la mentira. Pero cuando el hambre es una compañera recurrente, cuando los ojos de los hijos se van apagando hasta convertirse en pequeños carbones encastrados en un rostro seco y avejentado… cuando eso pasa, no hay idealismo que se sostenga por mucho tiempo y se acepta cualquier comida aunque esté rancia, pues hay que comer.

No critico a los que consideran esa opción como válida o la única, y carezco de la autoridad moral o la preparación para decir que está mal y ofrecer alguna solución pues no se me ocurre ninguna, pero quiero creer que sí existe.

Quiero creer que no somos niños, que somos adultos jóvenes que cometieron errores que se pueden arreglar y que lo vamos a hacer, que tomamos conciencia social y humana, y podemos salir de esto sin necesidad de disparos ni más sangre.

Quiero creer, pero ya no sé… suenan tiros.

Por: Pablo Casal
@Grineante